E.P.P.I.N — Equipo Psicopedagógico | Evaluación e intervención

El malestar contemporáneo en el trabajo, Burnout, autoexigencia y ese mandato que no nos deja descansar.

En el consultorio aparece cada vez más una escena repetida: personas responsables, comprometidas, productivas, incluso reconocidas en sus ámbitos laborales, que sin embargo dicen estar agotadas. No siempre se trata de exceso de tareas. A veces el problema no está en la agenda, sino en la voz que la organiza. “Siento que nunca es suficiente”, “si aflojo me angustio”, “no puedo parar”. El cansancio ya no es solo físico: es subjetivo.

Cuando Sigmund Freud describe el superyó, lo piensa como heredero de la ley y de la prohibición, pero también advierte algo fundamental: puede volverse cruel. Lo interesante es que hoy esa crueldad no aparece únicamente como un “no debes”, sino como un empuje constante: “deberías rendir más”, “podrías hacerlo mejor”, “no estás aprovechando tu potencial”. Es un mandato silencioso, interiorizado, que no necesita un jefe presente. Y cuanto más responsable es alguien, más eficaz suele ser esa voz.

Jacques Lacan reformula este punto de manera provocadora al plantear que el superyó no solo prohíbe, también ordena gozar. El famoso imperativo “¡Goza!” en clave contemporánea podría traducirse como: disfruta tu trabajo, sé apasionado, emprende, destácate, sé tu mejor versión. El problema aparece cuando el goce se convierte en obligación. Cuando disfrutar deja de ser deseo y se transforma en presión.

En la cultura actual el valor personal se mide en rendimiento. Si producís, vales. Si creces, existís. Si te detenés, algo falla. En sesión aparecen frases llamativas: “No hice nada hoy” (después de ocho horas de trabajo), “me quedé corto” (tras cumplir objetivos), “podría haber hecho más”. Freud ya advertía que cuanto más severo es el superyó, mayor es la culpa, incluso sin falta objetiva. El sujeto contemporáneo no necesita un amo externo rígido: se autoexige, se controla y se sanciona solo.

El burnout, entonces, no es solo fatiga física. Es pérdida de sentido, desconexión del deseo, irritabilidad constante, sensación de vacío. Muchas veces el síntoma aparece cuando el sujeto ya no puede sostener la identificación con el ideal. Cuando la distancia entre lo que es y lo que cree que debería ser se vuelve insoportable. No es simplemente estrés: es un agotamiento del deseo.

En la clínica, la intervención no suele ser “trabajá menos”. La pregunta es otra: ¿Qué pasaría si no fueras el mejor? ¿Qué pasaría si no respondieras de inmediato? ¿Qué pasaría si te permitieras no poder? Ahí suele aparecer la angustia, porque para muchos el trabajo no solo organiza la economía, organiza la identidad. Cuando el rendimiento sostiene el valor propio, bajar el ritmo se vive como amenaza.

Tal vez el desafío contemporáneo no sea únicamente gestionar mejor el tiempo o incorporar técnicas de relajación. Quizás sea necesario interrogar ese mandato invisible que empuja sin límite. No se trata de renunciar al deseo de crecer, sino de diferenciar deseo de autoexigencia superyoica. Porque cuando la exigencia se vuelve ley absoluta, el cuerpo y la subjetividad pasan la factura. Y el burnout, muchas veces, es el síntoma de ese exceso.

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